jueves, 5 de diciembre de 2019

Sonia o ¿demasiado viejo para el rock’n’roll?

Mis gustos musicales son muy eclécticos. Quizás porque siempre me ha gustado la buena música de todos los tiempos y estilos. Clásica, new age, pop, rock, jazz, blues, country, celta, espirituales negros o canto gregoriano,... poco importa si es buena y me hace vibrar.

Hace unos días comencé a tratar a una paciente y mi conversación con ella me hizo recordar una gran canción de Jethro Tull, una banda de rockeros hijos de la Gran Bretaña liderada por el incomparable Ian Anderson, que, además de llevar la voz cantante, tocaba la flauta travesera como los dioses. 

La canción se titula “demasiado viejo para el rock’n’roll; demasiado joven para morir!”.

Sonia es una joven de 47 años con una profesión maravillosa, es enfermera en un hospital público y trabaja en la Maternidad. Entre otras funciones, la que ocupa una mayor parte de su tiempo consiste en poner a los bebés recién nacidos al pecho de sus madres y asesorar a éstas para que aprendan a alimentarles con seguridad y eficacia. Una tarea hermosa y emocionalmente muy remuneradora, pero que también tiene su lado oscuro: al hacer la historia clínica y preguntarle por qué había venido a verme, me dijo “tengo toda la espalda destrozada y unos fuertes dolores de cabeza, que cada vez son más frecuentes y más intensos”, debido al enorme esfuerzo físico que tenía que hacer cada día para colocar y sujetar a los bebés.

Sonia me contó que algunos dolores comenzaron al poco tiempo de empezar a trabajar y que, poco a poco, se había acostumbrado a convivir con ellos. Otros, habían ido apareciendo más recientemente y ella los había ido acogiendo como algo natural, “porque me estoy haciendo mayor”. La práctica regular de ejercicio físico en el gimnasio y los tratamientos que había seguido con otros fisioterapeutas anteriormente sólo habían sido capaces de proporcionarle un alivio momentáneo y al volver al trabajo o en cualquier actividad de su vida diaria caminaba y se movía con precaución y miedo a quedarse bloqueada en cualquier movimiento, algo que ya había experimentado en alguna ocasión.

Se mantuvo escéptica cuando le expliqué que una persona joven y con buenos hábitos de ejercicio físico no tiene por qué vivir con dolores permanentemente y que no debía aceptar como algo normal que los nuevos dolores se justificasen por sus 47 años de experiencia vital. Pero, al final de cada sesión, empezó a convencerse de la realidad.

En la primera sesión, nos centramos en los dolores en la zona dorsal alta de la espalda y el cuello y, cuando se levantó de la camilla, sus primeras palabras fueron: “es como si me hubiesen sacado todas las piedras que cargaba a diario en mi mochila”. Al volver a consulta la semana siguiente, el alivio se mantenía y, como yo esperaba, los dolores de cabeza habían desaparecido. 

En la segunda sesión, al desaparecer la molestia dorsal, había comenzado a notar más el dolor lumbar, así que nos concentramos en tratar toda la zona lumbo-pélvica y, cuando se levantó de la camilla al final de la sesión, el dolor lumbar había desaparecido, podía realizar de forma natural movimientos que antes realizaba con limitación, con toda la prevención del mundo y con dolor, y tenía la sensación de volver a tener piernas y caderas. Al volver a consulta la semana siguiente, me explicó que caminaba como si lo hiciera sobre algodones y que, en ocasiones, extrañaba la forma de caminar, sin movimientos compensatorios y con las piernas ágiles y seguras. También me contó que había hecho un viaje de 300 km con su hermana para ver a la familia y que, al llegar a su destino, se había bajado del coche sin la menor dificultad y sin dolor alguno, algo totalmente inusual en viajes anteriores. Y en el trabajo, cuando mantenía una posición forzada durante algún tiempo, volvía a tener algunas molestias, pero mucho más livianas y, lo que es más importante, ya no tenía miedo a quedarse bloqueada al intentar incorporarse de nuevo.

En la tercera sesión, trabajamos toda la línea posterior superficial del cuerpo, desde la planta de los pies hasta la cabeza, repasando algunos de los puntos conflictivos de las sesiones anteriores. Durante la sesión, Sonia me contaba cómo había cambiado la respuesta de su cuerpo a mi trabajo manual, sin apenas dolor y con sensación de alivio muscular profundo. Aunque dijo que había estado consciente durante toda la sesión, desde fuera parecía que estaba disfrutando de un sueño plácido y reparador y le costó unos minutos volver al mundo real. Se fue de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja, feliz, libre de dolores, sin miedo a moverse con libertad, con el alta debajo del brazo y con una recomendación: 

No aceptar que convivir con el dolor es el estado natural del ser humano.
A ninguna edad.

No todos los pacientes reaccionan tan bien al tratamiento como lo ha hecho Sonia, que lleva años cultivando unos hábitos de vida saludables, pero hasta el paciente con la situación más complicada, dolores muy crónicos y fuerte limitación para moverse con libertad, puede y debe aspirar a aportar un poco más de calidad a su vida. Y los Fisioterapeutas estaremos siempre a su lado para librar esa batalla.

He comenzado esta historia con rock británico y me gustaría terminarla con rock nacional, recordando las palabras de nuestro Mike Ríos: “los viejos rockeros nunca mueren”. Larga vida al rock’n’roll y que, gracias a la Fisioterapia, además de larga, sea una vida de calidad para todos.