ePrivacy and GPDR Cookie Consent by TermsFeed Generator Irene o la importancia de escuchar al paciente - Fisio Koshi | Fisioterapia | Terapias Manuales



lunes, 13 de mayo de 2019

Irene o la importancia de escuchar al paciente

Muchos pacientes se sorprenden del tiempo que dedicamos en la primera visita a elaborar una historia clínica detallada, no sólo de las circunstancias médicas del paciente, sino de todos los aspectos laborales y psicosociales que pueden estar condicionando su patología. La razón de este tiempo es clara: en la mayoría de las ocasiones, el propio paciente nos aporta datos que permiten entender las circunstancias en las que apareció el problema y nos ayudan a preparar una estrategia de tratamiento eficaz para cada situación.

Irene es una mujer bajita, nerviosa y bastante aprensiva, que trabaja como profesora en un colegio. La llevo tratando de diferentes problemas músculo-esqueléticos desde hace algo más de año y medio. A mediados de Septiembre de 2018 apareció descompuesta en mi consulta después de pasar por urgencias a causa de un fuerte y persistente dolor de características claramente neuropáticas que le comenzaba en la parte posterior de una rodilla y le bajaba hasta el pie y los dedos. El médico de urgencias le había dicho que tenía una hernia discal en L5-S1 y que tenía que operarse lo antes posible. Casi con lágrimas en los ojos, me pasó el informe médico de urgencias del Hospital.

En este informe se indicaban los síntomas que Irene presentaba al llegar a la consulta y que, después de haberle realizado una radiografía, se apreciaba compromiso de las raíces nerviosas de L5, lo que provocaba una ciática aguda, por lo que se recomendaba la operación quirúrgica para eliminar la compresión nerviosa.

Tras calmar a la paciente respecto a la necesidad o no de realizar una intervención quirúrgica para solucionar el compromiso nervioso provocado por una hernia discal (estudios recientes recomiendan la rehabilitación con fisioterapia como primer tratamiento en estos casos), comenzamos a analizar en detalle el problema.

Dos circunstancias parecían no ser coherentes: la primera es que, a partir de una simple radiografía, no se puede diagnosticar una hernia discal, ya que es una prueba en la que no aparecen tejidos blandos; la segunda es que, las propias características del funcionamiento del sistema nervioso harían que, si la lesión se estaba produciendo en la zona lumbar, el dolor debería comenzar en esa zona e irradiarse por toda la pierna hasta el pie y los dedos, no como en el caso de Irene en el que el dolor comenzaba en la parte posterior de la rodilla y no tenía síntomas ni en la zona lumbar ni en el muslo.

Luego, descartada la posibilidad de que la hipótesis de la hernia lumbar fuera coherente con los síntomas de la paciente, lo lógico parecía suponer que la lesión original se produjo en la cara posterior de la rodilla. A partir de esta segunda hipótesis, comencé a interrogar a la paciente sobre las circunstancias que rodearon el comienzo de los síntomas. Tras unos minutos de charla informal y con Irene más calmada por este razonamiento, fueron apareciendo nuevas piezas que nos ayudaron a construir el puzzle definitivo.

El dolor había comenzado unos quince días antes, coincidiendo con un pico de trabajo muy intenso en el colegio. Irene había reducido sus horas como profesora para echar una mano en tareas administrativas para gestionar las altas de los alumnos de ese curso. Aunque tiene un puesto de trabajo relativamente ergonómico en el que se encontraba a gusto, durante ese tiempo había tenido que estar cambiando de puesto de trabajo a menudo para introducir los datos de los alumnos. Como ya he dicho, Irene no es alta y el otro puesto de trabajo no estaba adaptado a sus características físicas, por lo que la parte anterior de la silla que utilizaba le presionaba regularmente en la cara posterior de la rodilla y todo parecía indicar que era el origen real de los síntomas que estaba experimentando desde entonces.

Llegados a esta conclusión, aún una hipótesis de trabajo, la solución al problema se hizo evidente: primero, reducir el dolor realizando ejercicios de neurodinamia (movilización del nervio) adaptados al punto de atrapamiento nervioso en la cara posterior de la rodilla (la mejoría fue inmediata); y segundo, eliminar el problema que estaba causando dicho dolor, es decir, corregir la postura de utilización del puesto de trabajo en el que realizaba la introducción de datos y que no estaba bien adaptado. 

El resultado de estas dos sencillas medidas fue espectacular y, en menos de una semana, Irene vivía otra vez sin dolor y había olvidado totalmente la amenaza de tener que pasar por el quirófano para someterse a una cirugía que se había demostrado totalmente innecesaria.

Pero la moraleja de la historia es otra y considero que es aún más importante: hacer una buena historia clínica es fundamental para los Fisioterapeutas, ya que nos ayuda mucho a centrar el problema de base y a plantear un tratamiento no sólo para eliminar los síntomas (que también es importante), sino para eliminar o controlar el origen de la patología que presenta el paciente. Y, en la inmensa mayoría de los casos, lo que nos cuenta el propio paciente es clave para identificar la raíz del problema, para que el Fisioterapeuta pueda plantear un tratamiento coherente con el objetivo y para que el paciente entienda las razones que hay detrás del tratamiento y la importancia del papel que él debe jugar en su propia curación.

Empatizar con la situación del paciente, escucharle con atención, hacer preguntas coherentes que nos acerquen al objetivo, separando el grano de la paja, elaborar una teoría consistente sobre el origen y la evolución de la patología y explicársela claramente al paciente, justificando el tratamiento que vamos a realizar y la necesidad de la colaboración activa del propio paciente, son herramientas fundamentales en el maletín del Fisioterapeuta para mejorar la calidad de vida de los pacientes y, en ocasiones, son mejores herramientas que nuestras propias manos.